Las palabras las carga el diablo, casi tanto como las pistolas



Ayer me llamó Lucía para decirme que me había leído y que le había gustado el post. Me hizo mucha ilusión y creo que voy a rezar un poquito cada día –rezos inventados, por supuesto- para que tenga suerte y apuebe el examen del día 27.

Lucía está en la lista de personas que salvaría del planeta.

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Ahora es cuando me entra el miedo escénico y salgo corriendo. Me pongo a Tom Waits y, como siempre, me salva del agujero, de la trampa, del mapa trucado.

Mi madre sigue diciéndome que debo ponerme anti ojeras. Para los que no me conocen –físicamente, quiero decir- soy una tipa muy ojerosa. Pero ojeras genéticas, no de las que salen por no haber dormido o de las penas. A mí esas cremas me parecen como los embellecedores de las puertas, ventanas, etc. Tapan lo realmente importante: los tornillos, los clavos, las juntas con silicona… Además, los embellecedores siempre terminan por desprenderse, al menos así sucede en mi piso.

No quiero ponerme anti ojeras. No quiero negar lo que no tengo ni cómo soy.

Y ahora me voy a preparar un bocata de bacon con queso. Para echarle el cierre al jueves.

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