Qué pereza leer un post sin párrafos (quien avisa no es traidor)



Entro en calor desde el frío y me desarmo ante su voz. Intento rimar conmigo misma antes de cenar. Escribo "favorita", "preferida" y otras palabras calculadas en un cuadernito amarillo, bien amarillo. Al final estamos solas ante los doce meses. Sin propósitos, ni tarjetas de felicitación. Tengo más de cien faltas y bolígrafos sin estrenar. Esta noche me da pereza separar las ideas en párrafos, demasiado frío en la calle, demasiada cena. No consigo cocinar para una. Me sobra pan o me falta queso. La macedonia del día de Reyes me quedó tan buena que nos dimos de puñetazos por repetir plato. El móvil se me ha vuelto loco y no puedo enviar mensajes, así que no tengo más remedio que llamar a todo el mundo si quiero dejar alguna idea loca o un presupuesto serio. No echo de menos mi antiguo trabajo, en absoluto. Ahora salgo del tren y me voy caminando a casa con las manos en los bolsillos, con el placer de regresar con treinta y pico euros en la cartera y tres cigarrillos menos. Cada vez tengo menos nombres en la agenda. Ya no me pone triste. Y sé que cada vez serán menos. cada vez menos. Y menos. O tal vez desaparezcan para siempre. A ella le pedí que se quedara y se quedó conmigo. No le pagué ni con eclipses ni con cenas absurdas. Tengo casi ochenta chocolatinas escondidas bajo la cama. Es muy egoísta, lo sé, pero es que en esta casa el chocolate es más valioso que el petróleo. Qué cansadita estoy de Carol, prefiero a Abril, que me da menos fatigas y tiene la cabeza más lejos del suelo. No me cuestiona la ropa que me pongo o la caligrafía. Me harté de contarlo todo y ahora sólo hago resúmenes de los momentos más importantes. Una especie de traficante de recuerdos invisibles. Debería comprar otro frasco de perfume, tan sólo me quedan unas gotas. Qué ganas de despertar a los vecinos y que se vayan al trabajo con más ojeras que yo. Me aburro mucho cuando tengo que salir sin ella. Cuando me invitan a algún acto estúpido y no la puedo colar conmigo. Cuando no me permiten reservar para dos. Y los jerseys de lana me lloran encima del cuerpo. La echo de menos cuando hago de pianista imaginaria y recibo premios y ella no está entre el público. Cuando estoy en el trabajo y necesito sus ojos entre los de los otros. Cuando me pongo a caminar por esas ciudades que ella desconoce y no la llevo de la mano. Cuando cambio las sábanas y no me cruzo con su pelo. En mi actitud no hay nada original. Em deuria enamorar perquè de sobte em vaig sentir tan sol. Mi madre me ha explicado una receta de ensalada que comía de pequeña y me ha parecido alucinante mezclar esos cinco ingredientes tan raros, pero es un secreto entre mi madre y yo. Las luces de navidad siguen puestas en mi calle pero esta noche no las han encendido. No pienso decidir nada. Al que se ría, le parto la cara. Me he cansado de envidiosos, de graciosos y de rebajas falsas. Sigo aburriéndome mucho sin ella. A veces me pregunto qué era de mi vida antes de todo esto. Cómo lo soportaba. La pequeña adicta al trabajo y a los vodkas. Me bebí todas las cocacolas sin cafeína de Chueca en una sola noche. El camarero me decía que era la última pero siempre quedaba otra "última". Qué bueno el vodka negro con grosella. Quiero una barra de bar pequeñita para ponerla en el cuarto de baño. Quiero más vacaciones, poco dinero, unos vaqueros y tenerla cerca. Es que me aburro así que me pongo a tocar la batería imaginaria aunque no se me da tan bien como el piano, la verdad. Los trenes no están nevados. Vamos a ir a Venecia antes de que se hunda.

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