Nos hemos casado en Girona, ssshhhsss



Comenzar un villancico con el sonido de un tren es la pista que se me escapó. Tampoco debo ser tan buena detective. Pero qué bien me siento ahora, cuando por fin lo he comprendido todo.

Mientras escribo estas líneas –las primeras del año- está nevando, los coches y los contenedores de basuras se ponen blancos. Intento no pensar en el despertador de mañana a las seis. Problemas de hamburguesa, para variar.

Me quemé cinco dedos al coger una fuente de cristal recién salida del horno, no se había enfriado y mi error fue ser demasiado rápida. Me comí la trucha con jamón llorando por dentro. La verdad es que me daba mucha vergüenza llorar un domingo al mediodía. Hoy ya no llevo vendas y los niños han dejado de llamarme Eduardo Manostijeras. Siento un poco las yemas de los dedos como cristal de bohemia, intento no pulsar demasiado fuerte las teclas. Pero yo soy de las que escriben atravesando el papel. Aprieto demasiado algunas veces.

Jamás imaginé que iba a pasar este fin de año en Madrid. En la Puerta del Sol. Con mi chica. Besándonos como dos extranjeras, felices como salvajes después de las doce campanadas. No voy a describir lo que sentí en esos momentos porque no es nada parecido a lo que sale en la tele, ni siquiera a lo que me imaginé años atrás. Es mucho más. Es algo más grande. O tal vez se deba a que estamos colgadas de Madrid y entonces todo nos parece sublime.

No fingimos estar en Madrid porque estábamos realmente allí.
Ahora no sé si voy a saber caminar de nuevo por las calles de Barcelona. Tendremos que reaprender muchas cosas. Los Reyes Magos –tú tenías razón- lo saben todo de mí.

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