Duermo de un tirón y vivo en peligro constante por defenderte de los malos

Me duele el cuello de hacer de pianista imaginaria. Ayer estuve caminando durante dos horas seguidas. Entré en muchas tiendas, busqué las botas marrones que estaban rebajadas pero alguien las había comprado y finalmente me quedé sin ellas. En esta vida hay que ser rápido, porque si no lo haces pierdes el trofeo.

Por eso dejé a mi novia cuando la conocí.

Me habría lanzado de un tren en marcha. Habría engullido medio kilo de brasas ardiendo. Me habría cambiado el apellido. Habría vendido mis cuerdas vocales.

La rapidez en la vida. Los reflejos. El ser simpático y social. Pero, ¿quién se ocupa de los solos? Demasiadas preguntas, esta semana no tengo casos por resolver y eso para mí es peligroso. El ocio para mí es una bomba de relojería. Sin casos y sin dinero porque, claro, yo cobro por horas. Como las putas.

A veces me siento como si llevara una escalera en la cabeza. No sé si es malo o si es bueno. Si pienso en los nuncas me sale una lista extraña y súbita: nunca he comido ancas de rana, nunca me han operado de nada, nunca he robado dinero a nadie, nunca he hecho paracaidismo, nunca he tenido un novio formal, nunca me he enrollado con una amiga, nunca he falseado mi edad, nunca he viajado a New York, nunca he sido monárquica, nunca he sentido miedo de volar.

Qué pesados con Obama. Mira, a mí me repatea toda la parafernalia que se montan los americanos, que si el conciertazo (diosss, cómo odio a Bruce Springsteen), que si el baile romántico de los nuevos presidentes, que si tal que si cual. Venga ya, lo radical es que el país lo hubiera gobernado una mujer. O un gay. Pero eso no creo que lo veamos. Bueno, ya pueden todos los progres fans de Obama echarme los perros (nota a pie de página: ojo, que Bush no era santo de mi devoción, pero es que en este país cuando criticas a la izquierda –por ejemplo- ya te tachan de fascista y eso no lo tolero).

Me voy a cenar. Últimamente tengo más hambre que siete elefantes y cuatro tigres juntos. Qué poca inspiración.

Lo que dure el eclipse. Un suspiro. Un estornudo. Un disparo. Caer un alfiler. Cerrar los ojos. Subrayar una palabra. Volver al invierno de las penas un segundo, amedentrarse –comer almendras a tu lado- y cuestionarse el color de pintalabios. Yo siempre fui más de tonos marrones que de rojos.

La certeza de hoy es ésa.

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