Siento que si duermo de nuevo, voy a volver a la realidad y el golpe será tan exagerado como todos los que suelo describir



Esta noche he dormido unas cuatro horas, como la noche anterior más o menos. Qué extraño todo, qué lejano, qué separado de mis notas a bolígrafo negro, de mis gafas impecables.

Nunca nos había llovido tanto en Madrid. El sol, “arrogante y español”, no salió apenas y gracias a ello nos besamos bajo el paraguas en la Gran Vía, en la calle Infantas, en la calle Libertad y creo que en la calle Tetuán.

Nunca me habían parecido tan bonitos los nombres de las paradas de metro. Quedar en Antón Martín, seguir la calle Huertas y llegar hasta la Plaza mayor.

La plaza Mayor y sus inaccesibles pisos en venta o alquiler. La plaza Mayor a oscuras y nosotras fumando un cigarrillo mientras los tipos de los puestos se alumbraban con velas y linternas. Las fotos difíciles en la plaza Mayor. La emoción. El cansancio de pies pero no de labios.

Que a mí se me siga poniendo un nudo en la garganta cada vez que entro en la plaza Mayor, es algo que intento explicarme cada vez que sucede. Pero no todo se puede explicar en esta vida. No todas las fórmulas son conocidas por el público.

Dejé mi blog abierto en varios ordenadores del edificio de Telefónica de la Gran Vía, en un mínimo acto vandálico que improvisé. Como quien deja un mensaje en una página de libretita a cuadros y luego arruga el papel y lo lanza a una papelera situada estratégicamente.

Mi abrigo azul secándose de la lluvia en el toallero del hotel. El balconcito de suelo antiguo. Los cuadros de la pintora indie (mi caso pendiente de resolver). Las historias de las chicas de acento andaluz con las que compartimos dos botellas del mejor vino blanco de todo Chueca. Por fin os vimos juntas. Qué importantes son esos momentos. Qué suerte. Y la chica que bebía pacharán como quien bebe un licor mágico, con las manos bonitas y los ojos nuevos de quien tiene tan sólo veintipocos. Un cenicero lleno de colillas y de buenos deseos para ella y para su amiga. Si fumas bien con alguien eso significa algo bueno, sin duda.

Su paraguas olvidado en el museo. Un ejército de vigilantes buscando pistas para poder encontrarlo. La réplica perfecta de la estatua del ángel caído. La fascinación por el lado oscuro. La exposición de Star Wars a la que no fuímos.

Las luces del paseo de Recoletos. El rabo de toro en un bar de estilo granaíno. Las croquetas de la calle Tetuán. El AVE que deja ver paisajes nevados, veloces, limpios, deshabitados para que nadie los desgaste.

Su ropa interior sobre la cama. La ducha a base de geles de baño diminutos. Las toallas blanquísimas de nieve. Su pelo en Madrid. La lluvia de fondo. Sus labios en Madrid.

Creo que ahora entiendo el motivo de esta admiración desorbitada, exagerada, por Madrid.

Y es que todo se lo debo, al final, a ella.

Y si nunca nos hubiéramos besado en la plaza Mayor, y si nunca hubiéramos hecho el amor –como dos linces– en todos esos hoteles, posiblemente, todo esto nunca habría sucedido.

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