Que octubre y noviembre se disuelvan rápido, tan rápido que no me de ni tiempo de lavarme los dientes



Mi madre me enseñó una planta nueva que tenía en la terraza. Plantó un hueso de níspero y de ahí le nació. Siempre digo que tiene muy buena mano con las plantas, nunca se le mueren. Le crecen, le crecen, le crecen... y cuando ya no pueden crecer más -el espacio no es infinito- las tiene que serrar. ¿En qué contenedor se echan las ramas y las hojas de las plantas?, le pregunto. Pues no lo sé, la verdad, no lo sé. Al vidrio, no; al papel, tampoco... Déjalo, hija, mejor no reciclamos, total, en unos años todos muertos y me importa poco lo que pase con el planeta.

Se enciende un cigarrilo y me deja sola mirando la planta.

Me ha contado que el hueso es de un níspero que Laura me regaló para ella. A mí no me gustan así que ella se lo comió encantada. Pienso que aquel níspero salió del jardín de Laura, pasó por la boca de mi madre, por su cuerpo, y después se sembró en su terraza.

Ahora mi madre tiene un níspero.

Siempre me han parecido asombrosas las historias de cómo las semillas crecen en un lugar y luego en otro y luego en otro y luego en otro...

Qué misterioso me parece a veces todo.

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