Una agenda roja, un boli demasiado caro, unas bambas gastadas: si eres capaz, plántame cara



...así que he desistido en mi intento de escribirme a mí misma una carta. Resultaba demasiado patético. Demasiado doloroso, tal vez. Últimamente me quejo cada tres minutos. Y lo bueno es que tengo ganas de quejarme.

Podría contar que el lunes volví a encontrarme con la chica de la bufanda amarilla. Y que por primera vez fue amable conmigo, que me saludó al entrar y que me prometió que me devolvería el libro que le dejé. Era como si se hubiera bebido un zumo de margaritas o algo de ese estilo. La chica de la bufanda amarilla me enseñó por primera vez las manos como quien enseña una escalera fabulosa de póker.

...así que me he puesto de nuevo a escribirme una carta a mí misma.

Me he editado, me he cortado, me he pegado. Y a cada corte me dolía un poco más. Me ha salido un desorden de ideas y de mezquindades invisibles. Mi conflicto con lo invisible ya es de novela. Si es del XIX, mejor.

La carta. Sigue invisible. Pegada, cortada. Pero sin una sola trampa, que jamás fui tramposa.

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