No sé aparentar la edad que tengo realmente, es algo extraño, inverosímil, que me hiere cuando alguien lee mi currículum



Siempre hueles tan bien que dueles.
Como cuando te miro los domingos a última hora de la tarde.
Hay una palabra en catalán que es realmente bella: vespre.
Esa parte del día que está un poco al límite de la tarde y
De las pesadillas o los buenos sueños.
Tú nunca puedes elegir con cuál te vas a dormir.

El vespre se acomoda en un sillón cualquiera
Y nos mira tan valiente
Que a mí no se me ocurre abrocharme el abrigo
Hasta la barbilla
Para disimular que estoy nerviosa.

Los domingos -los vespres de los domingos-
Son extraños prehistóricos que nos lamen
Detrás de las orejas y de las ojeras.
Para pedirnos que no hagamos aún la cama,
Para dejarnos cinco minutos
Y un camel que se consume con el rito
De los que han hallado el fuego
Y no se duermen para no perderlo.

Mi fuego, mi llama, mi hoguera.
Encuentro la imagen sin buscarla,
Sin pretender ser excelente, ni siquiera buena.
Que yo ya sé que nunca seré una flaubert
Y que seguramente
Me cansaré los lunes por la tarde
Y los viernes por la noche.

El fuego.
Y vigilar ese fuego
Con dientes, saliva y ojos.
Salvar ese fuego de malos vientos
Y de malos que se hacen pasar por buenos.

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