¿Cuándo se da cuenta uno de que se ha equivocado de profesión? ¿Cuando se le caen al suelo los horarios del tren? ¿Cuando dejas de escribir cartas?



Me relaja caminar por la Gran Vía. Desayunar en el Nebraska, aunque no se pueda fumar, a pesar de lo estúpidos que son los camareros. La vida diaria en Madrid no me resulta demasiado fácil pero me siento relajada sin intrigas, sin casos que resolver, sin ojeras en los ojos. Qué rara me veo sin ojeras en los ojos. "Ga" se pronuncia "lla" en algunas islas, qué sencillas resultan algunas lenguas cuando tienes sed y te da igual hablar en catalán estándar -complejo y polémico concepto- o tener acento de Girona.

Resuelva la evolución fonética del siguiente término latino... y tenías que deducir la procedencia de verbos o suastantivos, paso a paso, letra a letra. Cuando en el fondo a ti te importaba un pimiento que la eme final de algunas palabras se cayese a causa de un fenómeno que se denomina apócope.

Y siempre resulta que las cosas del final se pierden, como si la vida fuera uno de esos dragones chinos que salen como colofón de los espectáculos, flotando sobre el agua y en medio de llamas de mentira. Por apócope, por aburrimiento o por cualquier otro motivo, hay cosas que se caen.

Y me hacía tanta gracia imaginar a todas esas emes cayéndose, perdiéndose... ¿hacia dónde iban? Las emes tirándose por los puentes, escaleras abajo, rampas a toda velocidad... Las emes finales cayendo como suicidas ardiendo del piso treinta y tres.

Me relaja caminar por la Gran Vía pero acabo volviendo a las calles alternativas donde nadie me mira mal si tiro una colilla al suelo o si me atrevo a tararear "Furious" al entrar en cualquier bar. Nadie me juzga, ni siquiera la tipa rubia que se me ha sentado al lado en la Plaza Mayor y que, al verme leer el diario, se ha atrevido a pedirme un euro.

- Porque es justo lo que me falta para pagarte un billete de metro y que pases la noche en mi casa.

Ya dije que la vida en Madrid no me estaba resultando nada fácil. Le doy el euro sin hablar y la sigo como quien sigue a una antorcha a punto de extinguirse. Por el camino pienso en la cara que pondrá cuando le confiese que soy una farsante, que ni soy detective, ni rubia, ni tengo un sueldo fijo a final de mes.

Nos bajamos en la estación de Pitis y me parece un detalle tan sublime que me guiño a mí misma un ojo. Y subimos las escaleras mirándonos como se miran los que se miran por segunda vez.

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Me despierto al principio de la noche. Qué sueño más surrealista. Al desayunar se habrá borrado todo.

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