Todo este rollo por esuchar una canción, de repente, sin pensarlo mucho y cruzando los dedos para que te llegue la señal



Me he llevado la cafetera al trabajo. Así se me hace un poco más breve la espera. Cuando la enciendo suena ese ruido tan característico que tú y yo a veces escuchamos desde la cama (el vecino de arriba debe tener una y siempre le da por hacerse cafés a las horas más intempestivas).

El moreno me desaparece día a día.

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Tú tomas el sol y yo la sombra peleándome con gente que no me conoce y que cree que soy una borde que trabaja sólo por dinero. Escapar, escapar, escapar. A veces trato con guapas como la morena que conducía un coche de veinte millones de pesetas, lucía un moreno de gitana refinada y fumaba Marlboro light (como todas las pijas). Me miró a los ojos y penso que yo era una especie de admiradora secreta con los hombros algo caídos. Y se equivocó tanto que a los tres segundos y medio ya estaba tapándose la vergüenza con las gafas de sol no falsas.

Soy demasiado mayor para que se me resbalen las lentillas cada vez que me tropiezo con una guapa. Ahora tan sólo se me desabrocha la correa del reloj.

Es miércoles, me da miedo septiembre y no saber dar la talla.

Mi madre ha anulado las dos semanas en el monasterio. Dice que estoy demasiado morena (aún) para encerrarme en un sitio así. Que no me va a llevar, que no se hable más, sigue siendo mi madre y no puedo replicar. La que está ida soy yo, no ella. Así que ha cambiado el monasterio por un viaje en tren para pasar unos días con una amiga a la que hace siglos que no visita. Me va a llevar a una catedral muy famosa para que bese no sé qué reliquia y para que me entre algo de paz y calma entre los párpados.

Y yo tengo más miedo que nunca.

Siento que el tiempo que estamos viviendo es crucial -de ahí la canción que suena en bucle ahora mismo- y que por mucho que me empeñe en hacer la indiferente, nunca había tenido más alterada el alma.

Ojalá puedas leerme hoy. En cualquier café de cualquier faro de cualquier playa. En otra vida tal vez fuiste farera. Una farera guapísima, morena, con rasgos italiano-andaluces. Una farera que alumbraba tan bien que todos los barcos se morían de ganas de estamparse contra el faro.

Y yo así me estampo día tras día.

Me vuelvo loca imaginándote tu adolescencia en Nápoles, Venecia o cualquiera de las ciudades en las que vivías. Y te veo en un balcón azul y blanco fumando un cigarrillo, con el sol de cara, como las valientes que no necesitan gafas de sol para escudarse de la realidad y de las gentes malas.

Me vuelvo loca incluso después de todo este tiempo y de todas estas noches durmiendo juntas.

Me vuelvo más loca aún al imaginar que te pierdo, y te miro y te juro y te rejuro que mataré a cualquier guarra que se atreva a robarte. Y te ríes y me dices que te gusta que diga eso, que nadie te lo había dicho nunca. Y lo sé, porque yo nunca había querido a nadie así.

Eres la última.

La última.

Y de pensar en ello me duele el estomago, la garganta, los pies y la espalda. Todo mi cuerpo te espera, te escribe desde el calor de un mediodía nublado. Desde el fondo de los fondos.

Yo no soy farera. No sabría serlo. Pero nadie se quita ante ti el sombrero como yo me lo quito.

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Me sigue emocionando descubrir buena música. Red Russian resulta que son de Madrid, y ahora suenan en bucle en mi pequeña casa. Creando ambiente para cuando te vengas a vivir conmigo.

Por ejemplo, esta pequeña maravilla (pulsar aquí para descubrirla y engancharse)

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