Tener la casa recién pintada es como pintarse los labios constantemente aunque no vayas a besarte con nadie



Cuando tú estabas en tu verano de los doce años yo estaba aprendiendo a fumar en un ático de una capital andaluza, rodeada de sábanas blancas tendidas al sol, a escondidas de padres y tíos.

No imaginaba que mi canción preferida de los Doors sería una que descubriría muchísimos años después. O que nunca me ganaría la vida enseñando a distinguir el complemento directo del indirecto en castellano, sino vendiendo helados.

No le había hablado a nadie de mi libro secreto de suicidas con fotos recortadas de diarios. Ayer lo rescaté pero ya no me ponía los pelos de punta. Sonreí porque me imaginé cabreada al saber que alguien me había birlado el proyecto.

Me he traído al lince bebé para que pase las vacaciones con nosotras así que de nuevo tendré a los de la protectora pisándome los talones y vigilando cada uno de mis pasos. Me estoy planteando seriamente mudarme a otro lugar, cambiar de trabajo y llevarme para siempre al lince bebé conmigo. Las raíces se echan donde se quiere, no donde se puede. Por eso yo tengo muchas en Madrid. Y en la isla de Medem.

Cuando tú estabas en tu verano de los doce años yo estaba invéntandome un árbol genealógico bien sucio para disimular mi acento de ninguna parte. Ya tenía caries en prácticamente todas las muelas pero las manos más limpias del barrio.

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