No me acostumbro a utilizar agendas electrónicas, las citas me parecen menos sensuales y el trabajo más trabajo todavía

Un peinado de un día, la ropa interior impecable, un móvil sin batería, una agenda desordenada, el reloj en la mano derecha, las gafas de sol escondidas de los enemigos… debo inventarme estrategias para no echarte de menos y que me duelan las manos de recortarte figurilllas de superhéroes.



De los veranos de mi infancia recuerdo a Neil Sedaka, a los Platters y una canción que me ponía siempre mi madre; era de un tipo llamado Brian Hyland. Como a ella no se le daba nada bien eso de contar cuentos, me traducía simultáneamente las letras (es inglesa, para ella resultaba muy sencillo).

De un verano fatal (esto debería ser un motivo literario-musical de nuestra época, véase Christina y Nacho) trataba aquella canción. Del chico que se queda solo, de la chica que se marcha a pasar el verano quién sabe dónde, pero lejos de él. De las penas que se traga uno fumando por la noche en la ciudad mientras algunos edificios se derriten de calor.

Ojalá pudiera estar en Madrid, en Finlandia o en la playa de Gausbini.

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