Me niego a ser una amante menguante, a pesar de que Almodóvar es mi dios y mañana es lunes de pantalón de pitillo negro



He estado tomando el sol unas horas y ya tengo la marca del bikini. Siempre he sido algo gitanilla en ese sentido, me coge enseguida (el sol, quiero decir). En realidad, cada verano pienso en lo absurdo que es tumbarse a tomar el sol, pero luego me olvido y cierro los ojos. Y aprovecho para escribir mentalmente decenas de palabras que nunca escribiré, que jamás colgaré a secar como si fueran ropa limpia. Además de escribir, también me imagino ensaladas con mezclas extrañas que saben estupendas con los ojos cerrados. Tal vez lo más importante es que se me olvidan los nombres y los apellidos de mis pesadillas. Y las direcciones.

Hay que tener cuidado con los kilos de más pero, sobretodo, con los kilos de menos. Cuando tu nombre pierde letras, echa a correr o muérete de la risa dentro de un cajero automático.

Me pusieron de nombre Carolina pero empecé a llamarme Carol un verano, cuando aún era una cría, en un pueblo del sur. Hice unas amigas que eran algo espabiladas, ellas fueron las que decidieron cambiarme el nombre, le quitaron las tres letras finales, las que le faltaban, como quien se corta el pelo porque le da calor en verano.

Y desde aquel verano que no he vuelto a utilizar mi antiguo nombre. Porque para mí, se trata de dos nombres diferentes. Tan sólo mi madre me llama así.

Esta noche sólo me falta decidir la ropa que me pondré mañana para ir al trabajo. Cuanto más estéticas son las decisiones, más te destiñen los ojos cuando lloras.

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