Hoy he aprendido que hay que tener secretos, por si algún día nos falta el aire o nos volvemos más miopes

He llegado a casa con un dolor de cabeza inmenso. Lo peor que te puede pasar en esa situación es que te encuentres con algún conocido en el autobús, que te llamen por teléfono o que al meterte en la cama repares en que vas maquillada y no podrás ponerte a dormir sin más.

Me dolía como si alguien estuviera desordenándome los apellidos y me colara las letras por los oídos, una a una, sin piedad. ¿Importa el nombre? ¿Importa el pasado? ¿importa el currículum? Ha pasado una hora y la cosa no ha mejorado. Maldita manía la de ponerse a hacer listas mentales cuando ni siquiera se tiene claro lo que se va a cenar.

¿Qué me duele tanto en la cabeza? Lo que ha dejado de dolerme en las manos. Lo he sabido justo hoy, al recibir una carta de alguien que pensaba que se había olvidado de mi nombre.

Carol,

Parece que el verano comienza y me imagino que estarás estudiando tus casos a última hora de la noche. Podría redactarte una introducción magnífica y rotunda para alardear de lo bien que me va en la vida, o para que pienses que dejar de vernos fue lo mejor que me pudo suceder.

Puede que yo sea una bestia, puede que tú sigas siendo una bella rubia que consume cigarrillos a las ocho y media de la mañana. Siempre en los mismos bares. Siempre con el mismo rictus en la cara. Pero sé que ya no eres así.

Si me he decidido a enviarte esta carta es porque quiero prevenirte de...


Se acuerda de mí, y me escribe para prevenirme de los secretos. Que no me fíe, que no escuche a los que me dicen que son nocivos para mi persona. Se me escapan algunos detalles que aún no acierto a resolver.

Hay que tener secretos. Ni muchos ni pocos, los suficientes. Aunque, teniendo en cuenta lo hiperbólicos que somos algunos de nosotros, seguro que se nos va la mano con las listas de pistas falsas que vamos dejando por ahí.

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