Te voy a proponer que tengamos una canción secreta y que nunca nunca desvelemos el título a nadie



Mañana tengo que coger un autobús a las 9:55 y bajarme en la parada número dieciséis. Buscar la planta tercera y esperar que me llamen del despacho número tres.

No creo en la numerología, siempre me ha parecido algo tonto, pero esta noche me doy el lujo de creer un poquito al recordar que yo tenía el número dieciséis en el colegio y que el tres me encanta.

Creo más en los fenómenos meteorológicos, los que vienen de los meteoritos y de la lógica, si es que la misma palabra ya te lo está diciendo. Por eso esta noche se ha puesto a llover justo cuando me has dejado en la puerta de mi casa. He sonreído y me he dado la vuelta para ver cómo te incorporabas a la carretera. Sabía que la lluvia te iba a proteger, que me iba a proteger a mí. Como cuando nos conocimos y nos atravesó el mismo rayo.

Perdón, que me repito, que me repito y me disperso, me disperso.

El viernes por la noche toqué fondo. Pero ahora ya no vale la pena ni recordarlo. Tan sólo para darme cuenta de que he vivido uno de los momentos más lúcidos de mi vida. No camino con una copa de cristal de Murano sobre la cabeza sino con un piano de cola. Más blanco que el de John Lennon. Y eso me hace sentir responsable, pero se trata de un tipo de responsabilidad de la buena, de la que te hace crecer y que te brillen los ojos.

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He recordado la frase que estaba intentando recordar desde el sábado por la noche:

no muero en el intento,
y lo intento porque siento
que cuento con expertos
capaces de cagarla
y reírse en el intento

Mis expertos son capaces de cagarla en el intento. Genial. Ya lo estás viendo, que soy perfectamente mejorable, que puedo ser más buena, menos egoísta y más guapa. No me aceptaba, el listón demasiado alto, y tal vez no entiendas mucho de todo este lío, enjambre de adjetivos y frases a medio montar. Da igual. Ahora veo qué es lo que quiero, claramente. Y me voy a jugar el tipo, la casa y la sombra por ti.

No puedo escribir rimando.
Ni sé ni sabré nunca.
Puede que tampoco escriba esa novela de detectives.
O que no vuelva a ser capaz de conducir.

Pero he tocado tu alma.

Hemos despedido el domingo en la cama y eso es lo mejor de todo. Cualquier día la casa se nos cae encima de tantas grietas. En realidad, es algo que me divierte.

Tenemos que cuidar a nuestro lince bebé. Eso es ahora lo más importante.

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