Halaga saber que tus cartas de detective, al releerse, aún emocionan

Llevo una semana con la mirada de L.W. en los ojos. En el centro. Muy adentro. Dijo mi nombre y me miró unos segundos. Vale, sí, soy una tipa impresionable, demasiado para mi edad, lo sé. Pero si sigo escribiendo sin pensar demasiado en las comas ni en el aire que necesito para terminar una frase, entonces, sólo entonces es que tengo un sentido. Decía que llevo una semana con su rostro muy cercano. Y ahora me doy cuenta de lo importante que ha sido tener al lado a una de tus dos musas. Ahora sólo me falta C.R.



Si cuento que hice exactamente lo mismo en un momento de mi vida parecería una pose exagerada pero es la verdad. Me subí a una sillón y trepé por él tal como se ve en el videoclip en los primeros segundos. Esas pequeñas barbaridades que haces desafiando a las leyes de la física y de la gravedad, pero pensando que a ver si te ve el amor de tu vida en tan grande hazaña.

Mis grandes hazañas siempre han tenido que ver con la escritura.

Esta noche me he dado cuenta, qué curioso, detective, qué curioso. Para celebrar el descubrimiento he empezado una tableta de turrón de chocolate, sí, he dicho "turrón" en febrero. Es que en mi casa no hay demasiada lógica. Se cena a la una de la mañana, la tele nunca se enciende y Gmail nunca se apaga.

Las grandes hazañas amorosas que con el paso del tiempo se convierten en pequeños desafíos que otros no acertaron llegar a comprender. Aún escribo con resaca, supongo que se nota.

Han pasado ocho años. Y es un detalle pequeño citar a Marlango y hablar de los viajes a Madrid. De los trenes que nos quedamos esperando o de los que cogimos antes de tiempo, cuando no tocaba. Ocho años es mucho tiempo en el fondo, pero es una suerte que aún sepamos hablarnos.

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