No te fíes de una detective teñida de rubio



Se me sienta enfrente y me desafía sacando una cajita de balas. No las conocía de esa marca. Me ha descolocado y todavía no hemos intercambiado ni una palabra. Me quedo sin aire en tres minutos y medio. Veo mi reflejo en la cucharilla de café.

Intento pensar en otra cosa para evadirme de allí, para no tener que mirarla, para no quedarme sin saliva. Lo consigo por unos instantes. Pienso en que el sillón de mi despacho se resbala hacia la izquierda. Esa habitación tiene un desnivel muy acusado. Cada cinco frases tengo que moverme hacia la derecha para ir compensando la caída. Una caída lenta pero real. No puedo dejar bolígafos sobre la mesa porque acaban resbalando hacia el suelo. Una habitación barco. Una habitación marea. Una habitación desnivelada.

Vuelvo a mi reflejo en la cucharilla. La tipa de la caja de balas sigue mirándome, impasible. Está esperando una respuesta, pero a mí esa respuesta se me ha quedado atascada como una bola de billar en la garganta. Y es la negra.

Me enciende un pitillo.

Decido levantarme sin mirarla. Oigo sus pasos tras de mí. Sé que camina mirando al suelo. La reconozco. Me reconozco.

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