Mejor ser invulnerable que lamentarse por las esquinas en plan perro lastimero

Te escribo desde el trabajo. Me llamas desde una carretera. Pienso en que las carreteras son tuyas y sé que te las mereces. Pero al mismo tiempo pienso en que las teclas son mías y en que también me las merezco.

Leo lo que me escriben con tanta atención como descifro las huellas dactilares así que estoy aprendiendo tanto como en los primeros días de detective. Cuando tan sólo era una aprendiz y aún no se me habían borrado las marcas de las suelas de los zapatos.

Una vez, hace muchos años, cayó en mis manos un billete falso de las antiguas 2000 pesetas. Aquellos billetes rojos, pequeños… Alguien me lo endosó y, evidentemente, yo también tuve que desprenderme de él. Algún hipócrita supongo que me diría aquello de “llévalo al banco, no seas tan miserable de colárselo a otra persona”. Finalmente, pagué con él un periódico y alguna revista. Sólo recuerdo que era domingo y que estaba de vacaciones en el sur de España.

Nunca más me han vuelto a colar un billete falso. Sé detectarlos perfectamente. Si te cae en las manos, sácalo lo antes posible, no pierdas ni tu tiempo ni tu dinero. A los billetes falsos les pasa lo mismo que a los ex y a las malas personas: que hay que colarlas por ahí, porque en la propia vida estorban.

Te escribo desde el trabajo y te digo que hoy me siento la detective más temeraria porque tengo un plan b que no me va a fallar.

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