Siempre es mejor no acostumbrarse a la belleza



Me he llevado a mi hija Jimena a pasear por la calle de Alcalá. Aguanta el frío como una valiente y yo me alegro en el fondo de que no sea una cría sosa y remilgada. Me pregunta si vamos a subir en el bus de la Navidad pero yo le digo que no porque las colas son muy muy largas, tanto que duran varios años y ella me sigue el discurso pero le noto en los ojos que no se lo cree del todo. Nos sentamos a comer patatas fritas de esas que venden en puestos ambulantes, todas desparramadas sobre un mantel que no ha pasado ningún control de sanidad. Pero qué buenas que están, pese a todo.

No sé si tendré tiempo de volver a escribir. Jimena me ocupa todos los minutos y en Madrid sigue habiendo muchos sitios en los que detenerse.

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