Si te derrites, desapareces



A veces me cansa tanto que me miren que necesito meterme en casa y beberme una garrafa entera de ocho litros de agua. Para lavarme de miradas ajenas. No es una pose. No es una hipérbole. Y me cansa que me escudriñen con sus párpados para descubrirme los fallos.

A mí ya me da igual todo eso.

El derecho a no estar.

La última vez que hablé por teléfono con Elena estaba muy jodida. Yo necesitaba verla, mirarla y decirle que no he cambiado, que sigo envejecida como siempre. Y con ganas de que volvamos a reírnos de ellos. Pero no quería salir. El derecho a no estar.

Es algo que nos cuesta entender. Y a veces sucede. Y se necesita.

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