El amarillo salva de tanta historia absurda y aburrida, no puedo dejar que los tipos malos me venzan



Me he manchado las manos de helado de nata. Ya no tengo edad de hacer este tipo de cosas, supongo. Una de mis mejores amigas acaba de ser madre. Y yo anoche estaba rebuscando entre mis papeles un viejo manual para aprender acordes de guitarra. Ella ha tenido un bebé y yo una guitarra eléctrica. Qué contraste. Y no es que sea peor ni mejor mi vida. Es que es un contraste. La edad de sentar la cabeza. Ya sé, es asentar, pero me cuadra mucho más sentar. Porque siempre me inagino a una cabeza bien fea tomándose un té encima de una silla de mimbre. Las sillas flamencas son siempre de mimbre.

A mí las pesadillas nunca me pillan de noche, lo hacen de día cuando tengo los ojos mucho más abiertos. Para mí es mucho peor así porque las siento más reales que las nocturnas. Y encima no te puedes despertar ni darte la vuelta en la cama. Por la noche pongo bajo la almohada las pastillas que me dio la doctora. Me dijo que no recurriera a ellas si no era absolutamente necesario. ¿Cuándo son las cosas absolutamente necesarias? ¿Cuándo? ¿Cuándo te marchitas? ¿Cuándo te pones triste a una hora extraña? ¿Cuándo quieres estar sola y acabas de entrar a un concierto (tal vez el concierto de tu vida) ¿Cuándo te lo piensas un par de veces antes de entrar al trabajo?

Voy a parar el post porque esto me parece una especie de coche sin frenos.

Me estoy enganchando a Amy Winehouse. Y no puedo despegarme de ella.

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