Añoro estar en el monasterio, con mi voz pálida recordándome quién soy de verdad



(foto de Paola Vaggio)

Si alguien me cuenta lo que me iba a pasar esta noche, me habría vuelto a hacer las huellas dactilares para cerciorarme de quién soy.

Su perrilla está enferma. Le duele la mente, el dolor le circula desde el centro de los ojos hasta el final de las patitas traseras. Esta noche cuando la he visto se me ha quedado mirando con los ojos más interrogantes y limpios que he visto en mucho tiempo. En seguida he sabido que estaba herida, que le faltaba un trozo de su vida, un fragmento invisible que nadie sabe hallar.

Un caso muy difícil. Sobre todo para mí, que huyo de los perros.

Esa perrilla no es de este planeta. Yo no sé qué es lo que me ha pasado por la mente, ni qué he sentido al verla tan quieta en la puerta de mi casa. No lo sé, ni quiero saberlo. Así que la he cogido en brazos, no he sentido temor, sólo unas ganas inmensas de calmarla, de protegerla de todos esos miedos invisibles que tanto la hacen sufrir.

Nos hemos sentado en el sofá muy juntas, ella se me ha acurrucado en el pecho y nos hemos tapado con la típica manta de cuadros rojos. Le he puesto el último CD de la colección...

Lloro por los perros que abandonan en la calle,
lo que sienten, lo que sufren,
nadie lo sabe...


y entonces le han brillado mucho los ojos, se ha estirado, se ha acurrucado aún más y... por fin se ha dormido. Llevaba tantos días sin dormir que me he puesto a velarle el sueño.

A mí no me va a pasar nada si me quedo despierta toda la noche del lunes.

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