Los posts que no se publican son los más reales



Ya he llegado a casa. Todo sigue igual, unos centímetros de polvo, la nevera semivacía y las plantas algo marchitas. No puedo decir que he vuelto mejor de lo que me fui. Sigo con las mismas paranoias y los mismos kilos de más. No seguí del todo las normas del monasterio… conseguí colar el iPod y una moleskine donde apunté algunas tonterías de esas que me pasan por la cabeza y los dedos. Lo escondí todo en un rincón del claustro y por las noches salía un momento a coger los objetos clandestinos. Es complicado estar sola. Y en mi caso es curioso porque yo siempre he sido una sola, me he pasado los treinta y pico años sola, sin nadie a mi lado, y tan bien, lo soportaba como una detective valiente pero ahora las cosas han cambiado y ser una sola a veces pesa demasiado. En fin.

Ella, mientras, estaba en la segunda isla más bonita. Después de cenar me la imaginaba tomando una caipirinha en el bar del hotel. Y en la playa, la sola más guapa de todas las solas, de todas las italianas. Es lo que tiene haber nacido en Venecia, que luego ese rasgo se te queda en la piel, por muchos años que hayas pasado lejos de tu tierra. Me ha costado mucho conciliar el sueño en el monasterio porque extrañaba la cama y lo único que podía hacer era imaginármela en la isla.

Lo mejor de todo esto es que al final Lucía regresa con Lorenzo a Madrid y se quedan juntos. En nuestra historia no hay ninguna Elena –la mejor paellera de todo Valencia- ni ninguna Luna. A veces yo soy algo Lorenzo y a veces me sale Lucía cada dos segundos. Eso poco me importa. El cuento sigue lleno de ventajas y Julio sigue siendo mi dios aunque esto último me haya dado mucha pena. Es muy difícil superar tantas obras maestras. Tal vez imposible.

Hemos vuelto a casa con los ojos más limpios y las manos muy morenas.

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