¿Dónde está el universo?



Hay una pregunta que me angustia desde pequeña. Nadie me supo contestar algo coherente, jamás. Claro que yo nunca me he codeado con físicos eminentes y ese tipo de personas respetables -y no lo digo con sorna- que te trazan una ecuación galáctica con un compás de veinte patas y un bolígrafo de ocho colores.

Me he vuelto a hacer la pregunta justo esta noche, en este hall de hotel extranjeramente cálido, en medio de una tierra que desconozco. Con un vodka a la derecha y un cenicero a la izquierda. Ella juega a billar pero es tan fascinante que hasta las bolas se le están derritiendo sobre la mesa.

Eso de que las grandes ciudades se quedan vacías en verano es mentira. Cabezas, vaqueros, toallas y cartas de restaurante. Creo que me volvería loca en un crucero, no podría soportar dormir rodeada de agua. Se me volaría el cerebro, los párpados y las huellas dactilares. La tierra me da seguridad, sin duda.

Estos días me han servido para descubrir que soy una tipa de necesidades básicas, aunque me empeñe en mostrar lo contrario. Y si tienes una sola cosa -la más importante- lo demás resulta invisible y sin sabor, como el agua del grifo.

Cada vez me gusta más viajar en avión. Pensar que puedo morir en el trayecto no significa demasiado, me coloco el sombrero, me tapo los ojos y me entretengo con el chicle. Y recuerdo la época de mi vida en que trabajé de controladora aérea. Y también la forma tan sucia en que me despidieron.

Tengo sólo dos semanas para resolver un caso complicadísimo. Y ya he perdido el lunes. Un día. Pero, ¿qué significa realmente perder un día?

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