James Dean no se ha quitado las gafas porque estaba llorando



No pensaba escribir esta noche. Tampoco mañana. Tampoco pasado. Y no porque no tenga ganas, no, sino porque me falta tiempo y me sobran nervios y cabreos.

El mediodía de hoy ha sido especial. James Dean ha venido a verme, a estar conmigo casi dos horas, a fumarse mis dos últimos cigarrillos.

James Dean estaba solo, agobiado, tembloroso, cansado. Y yo le miraba y le sentía lejos. Y me lo quería llevar de allí, de aquella terraza, pero no podía porque tenía que trabajar. A mí no me gusta sentarme en las terrazas de verano, en esas que ocupan toda la calle y te sientes como un objeto expuesto. Soy de interiores. Después he pensado en qué ciudad sería feliz James Dean. ¿En Florencia? ¿En Barcelona? ¿En Praga? ¿En París? ¿En Madrid?

Dondequiera que no estén sus problemas.

Después se ha ido en su coche y yo he rezado mentalmente por él.

Lo que más me ha fastidiado es que no he podido ver sus ojos. Ni un sólo segundo. Y me he quedado con esa penita toda la tarde.

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