Hoy he dormido con los ojos abiertos y por la mañana se me ha olvidado pintarme la raya de los ojos así que he tenido que volver a casa a pintarme



Ewan sigue escribiéndome cartas. Cada día, al menos una. A veces incluso llegan a ser tres, como las comidas. Normalmente, me las envía por e-mail pero alguna vez me las lleva al trabajo. Y suele darme vergüenza porque es muy guapo, y las tipas de mi trabajo se ponen todas como locas al verle. No me extraña. Tiene esa belleza que duele, suerte que yo estoy inmunizada.

La última de sus cartas habla de la infidelidad. Sigue escribiendo sobre Teresa –con el pelo liso- y sigue narrándome la historia porque sabe que si me la explica a mí y la entiendo, él también la entenderá un poco más. Lo que Ewan no sabe es que no hay nada que entender. Que cuando te dejan de querer, te dejan de querer. Y entonces no hay ni dramas, ni gritos, ni botellas alargadas hasta las tantas de la mañana de un domingo impar.

Leo a Ewan y le echo de menos aquí, en Madrid. Leo sus listas de “pistas para descubrir la infidelidad” y realmente siento ganas de abrazarle y besarle el cuello para que no llore más sobre el teclado.

- Ella ya no me pedía nunca fuego al fumar. Se encendía sola los cigarrillos.
- No me enseñaba las listas de reproducción del mp3.
- Cerraba los ojos al oír el ruido del tren por la noche, sentada en el sofá.
- Le había quitado el sonido al móvil, para siempre.
- Dejó de ponerse perfume.
- Dejó de pintarse los labios.

Querido Ewan, tus pistas de infidelidad son tan ciertas que me dan escalofríos y tengo que levantarme para meter un rato las orejas en el congelador. Me quedo escuchando helados y rollitos de primavera congelados.

- Otra mano le daba fuego en tu ausencia. Ya no soportaba el tacto de la tuya. Ni tu fuego.
- Sus canciones ya estaban mezcladas con las de su otro “él”.
- Se imaginaba viajando clejos, probablemente en uno de esos viajes en tren, de noche, lejos, lejos.
- Un móvil sin sonido no levanta sospechas. El silencio es un buen encubridor.
- La piel de los guapos/as sin perfume suele hacer enloquecer de deseo. Y Teresa lo sabía.
- Los besos sin pintalabios no requieren de camuflaje posterior de última hora.

Saco la cabeza del cogelador y me pongo a escribirle. Me quedo quieta. No quiero escribirte esta noche, Ewan. Tengo varios casos por resolver, el tuyo tal vez es el más fácil pero es el que deseo pulir más. Ojalá pueda hacerlo.

Mi vida ahora mismo sería más sencilla si supiera francés. Pero lo más sencillo no suele hacerte feliz.

Mañana volveré a ver a mi lince bebé. Dormiremos juntos, escucharemos a los Rolling y pasaremos un montón de horas mirándonos las pecas nuevas. Los tres.

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