Madrid es como París pero con leísmo



Los ojos que me puse para ver Madrid no son los ojos que suelo llevar durante la semana. Eran los ojos de los domingos, los que nunca se cansan, los que nunca lloran, los que te miran a ti como si nunca te hubieran visto.

Fuimos a Madrid una media de una vez cada dos meses durante el 2006. Eso es bastante.

La gente no comprende mi entusiasmo por Madrid. Me miran como si fuera idiota cuando les digo que me encanta la Gran Vía los domingos por la mañana. Que me gusta salir por Malasaña. Que la Plaza Mayor es mi reino y mi tierra. Que el restaurante naranja de Chueca es increíble y acogedor. Que la gente no me molesta por la calle. Que las cervezas me saben mejor allí. Y los pitillos.

Anoche eché mucho de menos Madrid. Tuve que compensarlo con una ración doble de leísmo.

Supongo que Madrid no es tal y como yo lo veo. Pero es que no tengo la culpa de cambiarme de ojos cada vez que voy contigo. Ya no puedo contemplarlo de otra manera. Soy terriblemente subjetiva e hiperbólica. Y sigo sin saber elegir.

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