Valeriano y Gustavo Adolfo hicieron un libro impresionante juntos



Es divertido asistir a un congreso. A mí me gusta ir sola, sentarme en una fila al lado del pasillo, siempre cerca de un posible pitillo si el ponente me aburre. Pero lo mejor de todo suele ser leer la mente de los asistentes:

El de la izquierda: ¿Qué le diré a mi hermano cuando se entere?
La de la derecha: ¿Cómo me voy a escaquear de la cena del viernes?
El de atrás: ¿Dónde estará ella?
La de delante: ¿Por qué me tuvo que dejar en la estacada?


Me inquieta comprobar que todos los pensamientos se centran en hacerse preguntas. Y el pensar que cualquier otro asistente puede estar leyendo mis frases mentales.

¿Por qué me abro las cartas que no me envían?

Como véis, he perdido totalmente el hilo narrativo. Y ya no hay vuelta atrás posible.

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