Las tipas que leen cómics siempre me parecieron interesantes, de hecho, soñaba con llegar a conocer alguna de esas chicas interesantes que leen cómics



La planta que hay en mi balcón es de plástico. Me la regaló mi madre después de varios intentos frustrados de revivir margaritas, blancas, por supuesto. Ahora la planta se llena de polvo y me recuerda constantemente mi olvido y mi descuido. El otro día decidí regarla y me miró mal. Me dio tanta vergüenza que salí corriendo y no regresé hasta bien pasada la madrugada.

Esta tarde me preguntaba cómo conducía mi padre. ¿Conducía bien o mal? ¿Era temerario al volante o, por el contrario, prudente? Lo he olvidado. Es curioso que olvidemos cosas de este tipo y, sin embargo, que recordemos detalles que parecen simples anécdotas al pasar los años.

Siempre me da por pensar de más cuando voy en el tren. No obstante, prefiero pensar de más antes que pensar de menos.

Ayer me enfadé porque se habían agotado las entradas de un concierto. Lo solucioné comprándome un par de cedés. Vuelvo a tener veintipico años y eso es estupendo.

Desde que me ducho con una radio acuática enganchada a la pared -ventosas espantosas- he vuelto a recuperar a los Beach Boys y los grupos de la Motown que tanto me gustan.

Y esto es como un listado de ideas que transcribo mientras ella se me duerme en una cama azul.

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