(re) pensar es bueno para la salud y para mí



He vuelto del trabajo (re)pensando más de la cuenta.

Los que salimos del tren por las escaleras y los que lo hacen utilizando el ascensor. Es algo que siempre me hace pensar. Somos pocos los que subimos por las escaleras. Lo hacemos en silencio. Sin rozarnos, sin prisa. Sin mirarnos. Otra vez me ronda el tema de los solos… está claro que son los solos los que no utilizan el ascensor.

Un rato antes, he vuelto a ser la única fumadora que esperaba el tren. Ya no fuma nadie a esas horas. Había una cámara. Me la he quedado mirando, me he acercado y le he soltado el humo en la lente con descaro. Me he sentido una imbécil haciendo eso pero no lo he podido evitar. Eran mis dos minutos de exhibicionismo diario, la ración que me dedico cada día a hacer un poco el ridículo.

Hace años me ponía triste que alguien cuestionara mi trabajo. Ahora ya sólo me cabrea.

Tengo una lista de categorías contra las que luchar. De mentirijilla, claro. O no tanto, que yo no me fiaría de mí misma y menos de mis listas. Redactar la lista me tranquiliza porque si identificas al enemigo ya tienes mucho trabajo hecho. No pienso bajar la guardia, no puedo permitirme ese lujo. Al más mínimo fallo podría perderlo todo y no puedo consentirlo porque entonces ya sólo quedaría de mí la gabardina y la pitillera plateada.

Me hace gracia saber que mientras ella duerme yo me quedo aquí mirando a nadie por la ventana. Redactando párrafos absurdos que seguramente leerá desde el trabajo mientras yo, en otro lugar, tomaré algún tren y volveré a cansarme subiendo escaleras. Ser tan estética puede ser malo para la salud.

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