Que puedo ver tus huesos, nadie lo va a creer


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He cogido el autobús al volver del trabajo. Era de noche y había poca gente así que me he podido sentar. Qué lujo. El conductor aceleraba tanto que he pasado miedo. Me ha dado por pensar en la muerte. ¿Y si nos matamos ahora mismo? Un martes cualquiera, a las nueve de la noche. Iba tan rápido que me he mareado un poco. El tipo se ha saltado incluso un par de semáforos...

Unas horas antes...

Me he tomado un chupito de avellana en la cocina de casa. Lo he acompañado de un camel. Me he puesto a mirar las lámparas de la cocina. Son de Ikea, plateadas. Las típicas, vulgares, pensaréis. Bueno, a mí siempre me han gustado. He comenzado a soltar el humo hacia arriba, hasta llenar el hueco de las lámparas. Hacía un efecto precioso... el humo, la luz, el silencio -una especie de sinestesia, supongo- y yo embobada mirando cómo se me consumía el pitillo. Era tan brillante que no he sido capaz de fotografiarlo. Me habría cargado el efecto.

No sé porqué nos empeñamos en capturar algunos instantes de forma material.

Me habría gustado emborracharme pero tenía que entrar a trabajar. Tranquilos, no conduzco ningún vehículo ni manejo materia peligrosa. Por eso, esta tarde se me habría ido la mano con las copas y no habría pasado nada. Nada.

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