Sin ruido ni ficción

Me gusta que nos intercambiemos mensajes imposibles. Desde que existe Google Chat nos dan las treintas horas de la madrugada -hora imposible donde las haya- y con mi teclado despierto al vecino del tercer piso, que es un cantante de jazz retirado que ahora regenta un bar de jubilados.

Casi siempre me marco en verde. No sé cómo demonios entiende mis estados de ánimo: desarmando rampas, madrid-finlandia, detectiveando... Explicar las cosas fatiga, hace meses que no me siento cansada porque he dejado de exlicarme a mí misma.

Necesito escribir para que todo esto se guarde. Porque me siento en un estado de resaca contínuo. Esa sensación de que la noche anterior fue de vértigo y de que por la mañana no te podrás levantar ni recordar lo dicho.

Estoy acojonada.

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