Más que a un tren militar que transporta champán...


(el solo de la calle Tetuán)

Llevo casi un cuarto de hora tratando de imprimir tres míseras páginas. Todas las impresoras que he tenido, absolutamente todas, me han dado problemas (ui, aquí veo un símil aplicable a todas mis ex, ok, me disperso). Me cuesta la vida imprimir algo y cuando parece que lo consigo, entonces salen cien copias de lo mismo. Me desespera tanto…

Así que decido sentarme, fumarme un cigarro y prepararme un café. Voy a pensar un rato. Es un buen momento para pensar. Las vacaciones, el trabajo, las reuniones de trabajo, los compañeros de trabajo –basta de pensar en el trabajo-, mi cumpleaños, las rebajas, los amigos, las llamadas, los mails sin contestar, su coche…

Vale, ahora voy a pensar en otra cosa, una imagen. Siempre acabo volviendo a aquel bar, el Lasou. Nunca he ido acompañada, es curioso. No es a propósito, lo que pasa es que es uno de esos sitios que no deseas compartir con nadie porque es sólo tuyo. Y quieres que lo siga siendo. No es por egoísmo, es otra cosa. Como tu canción preferida… esa nunca hay que dejársela escuchar a nadie. Es tuya.

En el Lasou ponen una cerveza buenísima que te la tienes que tomar con los ojos cerrados, sí, porque si te la bebes con los ojos abiertos no sabe igual. Sabe como otra cerveza cualquiera. Yo descubrí el sitio por la cerveza y porque me lo recomendó Elena. Ella me pasó la dirección y me dijo que fuera siempre por las mañanas, que ella iba algunas tardes. Así no nos encontraríamos. Es que si te encuentras con alguien conocido en el Lasou ya no es lo mismo.

Ya sé dónde voy a pasar la mañana del sábado. Pero aún no sé dónde pasaré el resto del año. Algo es algo.

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