Lo mejor de las alturas está con nosotros




He salido de trabajar casi una hora antes. Justo al bajar del tren me he dado cuenta de que no tenía dinero para ir a comer. Disimulando como he podido los nervios, me he acercado a un banco cualquiera -el primero que he visto y también el más tranquilo- y le he dicho al chico de la ventanilla que por favor, que me fiara veinte euros. Es lo que vale el menú, bueno, en realidad cuesta menos, pero es que tengo que comprar tabaco y un tarjeta de transporte. El chico me miraba medio pasmado, medio acojonado. Entonces le he mostrado las palmas de las manos y le he dicho algo así como ¿ves?, hoy no llevo la pistola encima.

Ya en la calle, me he guardado bien el billete de veinte euros -no vaya a ser que encima vaya ahora y lo pierda. Quería ir a comer a un sitio al que no había ido nunca así que he sacado mi pequeño mapa urbano y he trazado el camino más corto, que no siempre es el más duro (como decían aquellas frases lapidarias que nos escribíamos las chicas en las carpetas de EGB; cuánto daño hicieron aquellos poemitas, maldita sea, como aquel de "En el Mar Mediterráneo se me cayó un alfiler, el día que yo lo encuentre te dejaré de querer", jajaja, el tipo/a que lo inventó merecía la silla eléctrica como mínimo). Ups, me disperso.

Después de comer he estado haciendo la sola todo el mediodía. Unos músicos callejeros cantaban la canción de más arriba y he flipado:

Nos sentimos poderosos, nunca estamos feos,
lo mejor de las alturas está con nosotros...


Mañana, bien temprano, volveré al banco a devolverle los veinte euros al chico de la ventanilla. Aunque no lo parezca, sigo siendo una tipa legal.

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