La culpa fue de marzo






Me invade un cabreo finjido porque me digo a mí misma que no voy a escribirte más. Me tomo un café sin azúcar a ver si se me borra la mueca que me distorsiona los labios. Siempre quise ser rubia, pero eso tú ya lo sabes. Siempre quise hablar con acento de algún lugar más definido. Pero no, que no deseo evadirme del tema. En el momento en que me he puesto a hablar de ti, me he sabido perdida.

Esta mañana me he subido en unas escaleras mecánicas. Ellas bajaban y yo subía. Qué difícil era, no lo he conseguido. Lo mismo, contigo. Hago malabarismos para no pensarte. Para no quemarme el cerebro pensando horarios de metro, de autobuses, de gasolineras perdidas… pero no lo consigo. Ya no tengo fuerza de voluntad ni buenos pensamientos. Hace días que veo tu cuello en blanco y negro en la barra del bar donde tomo café, en el quiosco donde compro un diario, en una compañera de trabajo, que no eres tú. Lo malo es que ahora ya no lo imagino, lo terrible es que ahora ya lo veo.

Y te pregunto mentalmente si hoy has dormido bien, qué vas a comer, qué ropa te has puesto o a quién le has dado un beso. Y yo sé que tú en el fondo me oyes, que aunque te empeñes en disimular, algo intuyes. Y aprovecho ese segundo del día en que coincidimos mentalmente para explicarte -rápido, muy rápido- que me duele todo, que me duele mucho, que el estómago se me ha encogido… y que tengo miedo.

Pero me olvido del miedo y me visto de dj para poder enviarte una canción cualquiera que te diga todo y que te diga nada, que te haga retroceder y avanzar a partes iguales. Una canción que te confunda y que te desespere. Porque quiero que estemos empatadas, quiero contagiarte como una egoísta mi dolor de estómago y que te duela, auque sea, la mitad que a mí.

Qué guapo era Kurt Cobain.

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