if every angel's terrible, then why do you watch her sleep



Suelo evitar los pasos de cebra (no seguir zapatos de cebra), busco los semáforos en rojo, porque me permiten pararme –otro ratito más– a pensar. Believe me when I tell you… Y vuelven a ser las ocho de la mañana y me imagino que tengo una máquina de escribir chiquitita en el bolsillo. Y que, sin que nadie se de cuenta, te redacto una carta, que será una mini carta porque los bolsillos son pequeños y el tiempo que dura el semáforo en rojo, escaso.

Lo mejor de los martes es que paso por un semáforo que hay que cruzar pulsando un botón, quedan muy pocos de esos. A mí me gusta pasar por allí, me siento poderosa. Soy capaz de detener el tráfico cuando quiero. Pulso el botón y cuento mentalmente, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… nunca llego a diez, es muy rápido. Me gusta imaginar que los coches se han parado porque tengo superpoderes. Invisible woman, you know. La culpa fue de esa canción. Hasta ese momento yo me creía invulnerable a los besos.

Lo peor de los miércoles es que tengo más tiempo y se me acaban las estrategias para no pensarte. Lucho con todas mis fuerzas, cierro los ojos hasta que se me oscurece el mundo, me pliego como un paraguas pero todo es en vano. Te has esparcido como el café que esta mañana se me derramó sobre la mesa, manchando los folios que tengo escritos para perderme la vida. Y pienso en ti con el pelo moreno pero luego te me vuelves rubia para despistarme. A pesar de que ya no me dejo engañar, me pierdo en algunas ciudades pero si me das un mapa soy la reina de lo secretos urbanos. Y te imagino caminando, camino del trabajo, con cara de cansada, pero la imagen se me nubla y vuelves a llevar un jersey naranjaverdeamarillonegromarrón. Porque seguro que, como a mí, no te gusta demasiado el blanco.

Despiezo los textos en párrafos, luego en frases y concreto palabras. Nunca se me dio bien resumir y contigo no haría una excepción. Así que me vuelvo a la calle a buscarte, que nunca se sabe, que la vida es muy extraña y podría ser que te encontrara remendando un libro en una esquina cualquiera o fugándote sin pagar de una cafetería en ruinas.

Hago mentalmente un top ten de canciones que podrían gustarte pero me arrepiento y las elimino con una tecla de suprimir que llevo en el bolso y que arranqué de un ordenador en pleno ataque de timidez. Al final elijo una en inglés, para que te cueste entenderla.



Me aburro. Hago otra lista, esta vez de comidas, pero como no sé qué prefieres me vuelvo loca cocinando pasta gallega, costillas andaluzas y sopa madrileña. Y como cocino fatal, tengo que esconderlo todo para que no veas que acabo de llamar al cátering.

Descubrirte ha sido como cambiar las sábanas a la cama y dormir noventa horas seguidas perdiéndome por países que desconozco pero que sé que tú conoces y preguntándome qué debo hacer para que nos compres dos billetes de tren y nos fuguemos un buen día a las siete y media de la mañana. Soy capaz, por fin, de escribir un frase entera sin comas.

Encontrarte ha sido aprenderte como quien se presenta a un examen test ficticio. Las respuestas en blanco no cuentan pero ten cuidado porque las erróneas bajan nota. Y mi pregunta siempre era la misma: ¿qué pasa si todas las respuestas son incorrectas? Que tendrás un menos cinco, un menos siete, un menos nueve… y me quedaba mirando por la ventana. Yo no sabía nada de niñas. ¿Adónde corren las niñas? ¿Y por qué ésa me miraba así? Si me hubiera mirado menos, yo habría seguido corriendo hasta atrapar el balón o, un poco antes, si la bota de ese niño hubiera chutado bien, de lleno, el balón se habría quedado dentro del colegio y puede que yo en la portería si ese día hubiera salido más tarde… Todos me habrían felicitado, pero no fue así.

Tuve que quedarme muy quieta para que ella se acercara… ¿Adónde corría esa niña?

……………

Y supongo que al final me lo jugaré todo a una sola carta, sin tener ni idea de cómo va el juego. Apostaré al 33 negro y cruzaré los dedos, soplaré el dado y le daré a enviar, a send, a play, a validar, a todas las teclas que pueda y que conozca. Aunque a la mañana siguiente –tú, en tu cama; yo, en ninguna mía– me duche cantándote en voz baja como si pudieras oírme y maldiga mi mala suerte.

El móvil vibrará y a mí se me seguirá alterando el pulso…

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