Ya no peino tu pelo



Pablo me había hablado de aquella caja al poco de ser pareja. La caja de madera, la llamaba él. Me contó que contenía cartas de amor suyas –escritas y recibidas-, algunas fotos y objetos de valor. Me pidió que respetara aquel espacio y que nunca curioseara lo que había en su interior. Sólo me lo pidió una vez, después no volvió a sacar el tema. Y yo tampoco.

Siempre he sido muy curiosa pero con Pablo parece ser que mi sentido de la curiosidad se aletargó, por decirlo de alguna manera. Él era bastante transparente así que no sentí deseos de indagar ni en su pasado ni en su presente, en aquellos momentos compartido conmigo.

El fin de semana que supe que Pablo se había marchado con Lucía recordé de repente la existencia de la caja de madera y decidí quedarme en casa destapando y aireando sus papeles privados. Al principio no me sentí mal pero al cabo de las horas me sentí asquerosamente sucia y sabedora de historias que no me pertenecían. Usurpadora de secretos ajenos. Tal vez por eso me marché de casa, de su casa, en realidad.

Recuerdo que leí los secretos de Pablo mientras sonaba U2. Es curioso cómo hay datos aparentemente triviales que no se olvidan por mucho tiempo que pase. El Pablo que yo conocía era muy diferente del Pablo que se definía en aquellas cartas. La mayoría eran de Lucía, sobre todo e-mails y sms de móvil que él había tenido la paciencia de transcribir a una libreta. Así fue como supe que a Lucía la había conocido mucho tiempo antes que a mí, y que en realidad ella era el gran amor de su vida. ¿El gran amor de su vida? Qué concepto más extraño y genérico.

Pablo se parecía al cantante de Suede...

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