Vértigos

Voy a casa muy temprano. Me abres la puerta a regañadientes, cabreada porque todavía son las siete y podrías dormir unas horitas más. Te digo que estoy mal, que necesito un café y cien horas de calma. Me dices que me harás café pero que lo de la calma, uf, que ni tú misma sabes qué es eso. Te sientas y me miras. Vale, ya, hago mala cara. No, que no es eso Carol, que se te ha cambiado el color de los ojos. Y yo no te creo, porque pienso que a ti también te dan ataques de ficción. Como me pasa a mí a diario (supongo que por eso tengo un blog)

Sigues con tu discurso hasta que pronuncias el nombre que no deseo oír. Finjo ignorarlo pero me sacas las sílabas como si estuviera donando sangre. Hasta que me tengo que levantar porque siento vértigos. ¿Vértigos físicos? No, de esos no. De los otros, que son los peores.

vértigo de vivir en una ciudad que ha perdido el significado
vértigo de limpiar y nunca ver las cosas limpias
vértigo de alquilar mi vida a diario
vértigo de mentirte mientras te escribo
vértigo de creer lo increíble

¿Quieres que siga o me callo? Te ríes en mi cara porque a ti pasa algo parecido, sólo que yo soy más lunática y lo llevo algo peor que tú. Venga, vámonos de viaje. Tú y yo. Y olvídate por una temporadita de tus males. De tus penas y de tus frases con exceso de puntos suspensivos.

No, eso sí que no. Acepto lo del viaje pero me llevo los puntos suspensivos en la maleta...

Y todos y cada uno de mis vértigos...

2 comentarios:

memoria 21/4/05 23:04  

Que los puntos suspensivos no dibujen un círculo cerrado a tu alrededor. Me gusta mucho cómo te expresas. Un beso

Carol Blenk 21/4/05 23:25  

Tranquila, el círculo nunca se ha cerrado, nunca lo hará. Soy una adicta a los puntos suspensivos, ya ves. Gracias por estar ahí.

Besos mil

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