El día que olvidé las contraseñas



Supongo que todo comenzó un mes de junio. Ese mes decisivo, raro y normalmente lleno de indecisiones. Levanté un día y me dispuse a llamar. Me quedé parada porque no recordaba el número. Y así con todo. Miraba fotos y no sabía encontrarme: la rubia, la pelirroja, la que lleva gafas, la que viste vaqueros… ¿Cuál era yo? Fui al supermercado y no sabía cuál era mi marca de café. Tuve que salir con un paquete de cada marca. Sin dinero. Al intentar sacar del cajero se me quedó bloqueada la tarjeta porque fallé la contraseña. Lo había olvidado todo. Incluso la voz de mi padre. El sitio donde aparcaba el coche. Mi despacho en el trabajo. El trayecto más corto para alcanzar el autobús. ¿Cómo funcionaba la cámara digital? ¿Me gustaba más el vodka que la ginebra? ¿Soy alérgica al marisco o a los frutos secos? ¿Desde cuándo vivo en este piso? ¿Quién ha puesto fotos en blanco y negro en las paredes? Supongo que todo comenzó un mes de junio. Aquella mañana en que comencé a hablarme en off y ya no pude soportar el ruido. Y supongo que al abrir el armario y ver mi ropa -bien doblada, perfectamente ordenada- sentí ganas de salir corriendo y no volver jamás.

El día que olvidé las contraseñas tuve la mala suerte de cruzarme contigo por la calle y dejarte pasar de largo. Por no reconocerte.

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